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ABRIENDO TRANQUERAS AL MAR PDF Imprimir E-Mail

 ABRIENDO TRANQUERAS AL MAR

 

Por Ricardo Bastida
Biólogo Marino y Surfista

 

 

Estar frente al mar, observar el incansable dinamismo de las olas y posar la vista sobre el horizonte, es una de las grandes sensaciones que enriquecen nuestro espíritu surfístico..
Seguramente, algo semejante deben haber sentido los primeros grupos de cazadores recolectores que recorrieron la zona de Mar del Plata hace varios miles de años (por los menos más de 5.000, según lo atestiguan los recientes...
fechados de C14 del sitio arqueológico del Arroyo Corrientes,
en la zona de Alfar).
 

Estos reducidos grupos humanos, sobre cuyas vidas se ha construido una especie de rompecabezas con fragmentarios y escasos datos arqueológicos, biológicamente en nada se diferenciaban de nosotros: tenían nuestras mismas necesidades y seguramente una sensibilidad semejante ante el atractivo entorno en el que vivían. Fueron los primeros y originales habitantes de nuestro territorio. Recorrían las costas de a pie, libremente, y acampaban donde más les convenía. De esta forma obtenían parte de sus alimentos, tales como mariscos, lobos y aves marinas, peces, y todo lo que el mar pudiera arrojar a sus costas; tal vez un delfín o incluso una gran ballena que aseguraba su sustento durante largos períodos. También dedicaban gran parte de su tiempo a confeccionar las diversas herramientas que requería su modo de vida.

 

Posteriormente, muchos navegantes europeos pasaron con sus naves cerca de las costas de Mar del Plata. Hurgando en sus diarios de navegación y otros documentos, podemos detectar la mención de accidentes costeros vinculados seguramente con la costa marplatense.
La lista de navegantes es extensa, pero para mencionar algunos seguramente conocidos por todos, recordemos que el primero en pasar por estas latitudes fue el portugués Fernando de Magallanes, en 1519, justo unos meses antes de descubrir el paso que une al océano Atlántico con el Pacífico y que actualmente conocemos como el Estrecho de Magallanes.
Le siguieron otros como el español Jofré de Loayza en 1525; luego en 1575 el legendario y aventurero inglés Francis Drake, quien bautizó varios accidentes costeros marplatenses como el Cabo Corrientes que, en realidad no era el mítico point de surf local, sino la zona de Punta Mogotes, frente al actual faro. El Cabo Corrientes que actualmente visitan turistas y locales fue bautizado por Francis Drake como Cabo Lobos, debido a las densas loberías que observó sobre las formaciones rocosas desde su nave. Luego el nombre original del sitio fue perdiéndose con el paso del tiempo.

 

También navegó frente a nuestra costa una famosa expedición holandesa, la de Le Maire y Schouten en 1615 que al llegar a Puerto Deseado -poco después- perdió una de sus dos naves y con la restante logró descubrir un nuevo paso hacia el océano Pacífico que denominó Cabo de Hoorn (en honor a la ciudad holandesa Hoorn, de donde provenía la expedición) y con el correr del tiempo se transformó idiomáticamente en el Cabo de Hornos que conocemos actualmente.

 

Todos estos navegantes divisaron desde sus naves una costa totalmente virgen, aparentemente deshabitada y libre para ser ocupada por quien lo deseara, y así lo hizo brevemente por tierra otro conquistador español. Se trataba de Juan de Garay, a un año después que fundara por segunda vez la ciudad de Buenos Aires (1580). Junto a unos 30 hombres de a caballo, este conquistador de origen vasco, llegó a la actual costa marplatense que lo impactó gratamente, según la breve descripción realizada por él al Rey de España y que quedó sintetizada en su acertado calificativo de una “muy galana costa” (de ahí el origen del nombre del tradicional hotel ubicado frente a Playa Grande).

 

Pero Juan de Garay permaneció poco tiempo en la costa, y junto a sus hombres volvió a Buenos Aires. Como muestra de su retorno, uno de sus hombres -o tal vez el mismo Juan de Garay- perdió un guante de cota de malla metálica que complementaba las armaduras de hierro y que casualmente fue encontrado hace pocas décadas en perfecto estado de conservación mientras se araba un campo en la zona. Siempre dejamos alguna huella en el camino…

 

La costa marplatense luego permaneció sin ningún visitante europeo hasta la breve permanencia de los Jesuitas en la zona y a quienes debemos las primeras descripciones detalladas y diversos mapas de muchos sectores costeros donde todos nosotros surfeamos. Pero el verdadero cambio de lo que actualmente es nuestra ciudad comienza con la creación del famoso saladero de Coehlo de Meyrelles en 1857 (en la actual zona de Punta Iglesias) pero, años después, en 1873, lo toma a su cargo Patricio Peralta Ramos y rápidamente le permite en 1874 sentar las bases de la ciudad de Mar del Plata.

 

Ya cumplido con este brevísimo repaso histórico de nuestra ciudad, hoy conocida también como la Capital Argentina del Surf, volvamos a retomarla, pero ahora en una etapa reciente, es decir, lo que puedo contarles de ella en base a lo vivido desde mi niñez, siempre junto al mar.

 

Hasta el primer Gobierno del General Perón, en la década de los 40, nuestra costa no estaba forestada y conservaba su aspecto natural y autóctono: playas poco alteradas, intercaladas con roquedales, acantilados, médanos y pastizales. El uso de las playas fundamentalmente se desarrollaba en la zona céntrica de la ciudad. Luego fue ocupándose Playa Grande y después la Bahía de Mogotes, con pocas y modestas construcciones de madera que no alteraban el ambiente y bordeaban pequeñas lagunas naturales que fueron desapareciendo con el correr de los años.

Desde el Faro de Punta Mogotes y hacia el Sur nadie prácticamente se animaba a visitar esa zona “tan alejada de la ciudad”. Incluso resultaba incomprensible para aquella época el inicio de la construcción del complejo turístico de Chapadmalal. Sin embargo, ahora podemos valorar la acertada visión futurística de un gran arquitecto como fue Alejandro Bustillo (1889-1982), el responsable de las principales construcciones de Mar del Plata y de muchas otras ciudades de la Argentina.


Poco a poco, nuestra Mar del Plata fue creciendo. Todavía el surf no había llegado a la Argentina y cuando comienza a aparecer tímidamente en la década de los 60, no había ningún punto de nuestra costa en la que cualquier ciudadano no pudiera tener libre acceso durante todo el año, ya fuera a pie o con vehículo.

Gracias a esa situación pudimos disfrutar durante décadas todos los points de la costa marplatense sin ningún tipo de restricciones durante todo el año, incluso en el invierno, pese al frío y a los malos trajes de neoprene de las primeras épocas que, en su mayoría, eran de buceo y si bien abrigaban, resultaban incómodos para surfear.


Pero, como algunas veces escuchamos decir: “lo bueno dura poco…”, con el gran desarrollo turístico, la costa fue siendo rápidamente ocupada, construida (generalmente con materiales y conceptos inapropiados) y comenzaron a aparecer las malditas tranqueras.

Aclaremos que nada tenemos en contra de las tranqueras, pues ya son una especie de símbolo nacional de nuestros campos. Lo que no aceptamos quienes practicamos surf es que gran parte de ellas, y especialmente al sur del Faro, estén cerradas durante gran parte del año.


Por otra parte, sabemos que con el correr de los años desgraciadamente se incrementó la delincuencia, por lo cual no sólo se necesita acceso a los diversos points de surf, sino también hacerlo en lugares donde uno pueda dejar el auto y sus pertenencias sin correr ningún riesgo.

En el emblemático Waikiki (originalmente Punta Canteras), gracias al conocido Pepe, podemos dejar el auto sin peligro durante todo el año y acceder al point también caminando. Pero yendo al sur todo cambia, y nos sentimos coartados en nuestros derechos de ciudadanos libres para acceder a nuestras costas.


Al margen de estas injustas barreras para acceder al mar y sus olas, uno se detiene a pensar qué sentido tiene una inversión empresarial que sólo funcionará dos o tres meses y que luego será prácticamente abandonada durante el resto del año, permaneciendo sus tranqueras cerradas con gruesas cadenas y candados. Sin duda hay algo que no cierra y que indudablemente perjudica a todos.

Pero por suerte, como dice la canción: “…no siempre todo está perdido”…


Afortunadamente, algunas personas han demostrado tener una buena formación profesional y han desarrollado su empresa no sólo como un negocio, sino también como un servicio a su clientela y ciudadanos en general. Por eso, además de la crítica planteada, es justo reconocer gratamente un buen ejemplo que debería ser seguido por muchos otros concesionarios de balnearios. Me refiero concretamente a la iniciativa del Balneario Honu Beach que tuvo la brillante idea de mantener sus tranqueras abiertas durante todo el año y brindar un servicio altamente eficiente.

Es bueno aclarar que no conozco a los concesionarios de Honu Beach y ellos a su vez ignoran que quien escribe estas notas para la revista Surfista es uno de sus fieles clientes durante los meses fríos del año.


Si vos -durante toda tu vida- corriste en el invierno, sabrás que por más buen traje que tengas hay días en que el frío te cala los huesos y una de las peores cosas es cambiarse cuando salís del agua, frente al viento, cansado y muerto de frío. Igualmente todos esos sacrificios son parte del surf, tienen su encanto y templan nuestro espíritu, de la misma forma que cuando iniciamos el buceo en Argentina y buceábamos sin trajes de neoprene en las frías aguas patagónicas, hace ya medio siglo!!!.

Pero el sacrificio ya lo pasaste y para todo hay un límite o un tiempo… Como puede llegar a cambiar todo si podés -por un módico precio- dejar tu auto y tu familia en un lugar completamente seguro, con personal amable y eficiente, tener una casilla donde cambiarte y dejar cerrado bajo candado todas tus pertenencias y luego de disfrutar la surfeada poder sacarte el traje bajo una ducha de agua caliente que realmente sale “pelando”. Luego te llevás todo tu equipo lavado a casa y sólo tenés que colgarlo para que se seque, y esté listo para la próxima surfeada.


También, aunque no todos surfeen, la gente quiere estar en contacto con su mar, disfrutar de su familia y tener un lugar seguro para sus hijos. Un lugar donde puedas tomar un café, comer cosas rápidas, usar wi-fi, e incluso disfrutar un buen asado los fines de semana. Qué más podemos pedir los afortunados ciudadanos que vivimos en Mar del Plata?

Si bien no lo he preguntado, estimo que la iniciativa como negocio y servicio funciona bien. Ahora la pregunta es: por qué otras tranqueras permanecen siempre cerradas?


No deberían los empresarios turísticos aggiornarse a estos tiempos? El municipio no debería promover la apertura de tantas tranqueras y dar seguridad a quienes se acercan a las playas y al mar, que es el principal motor de nuestra ciudad?

Bueno, me parece que es cuestión de pensarlo y ver si se pueden copiar los buenos ejemplos como los de Honu Beach. Tenemos muchos points a lo largo de la costa y todo podría ser un negocio y un servicio muy dinámico, como el mismo mar, sin el cual los sufistas no podríamos vivir.

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